Reportajes

Alí y Fátima o los extraños camino de la Baraka

Ali cumplirá los 8 años en pocos días. Él y sus nueve hermanos trabajan en el negocio familiar desde muy corta edad. Su padre, Mohamed, está muy orgulloso porque, como él cuando era niño, sus hijos aprenden el oficio de más de tres generaciones.

Los Rachidi se dedican a la carpintería desde siempre. Mohamed padre, nunca ha ido a la escuela. " nunca me hizo falta, mi abuelo me enseñó a escribir, leer y contar igual que yo a mis hijos ". La jornada de trabajo de Alí comienza a las diez de la mañana y termina al atardecer, unos diez minutos para comer el sabroso tajin de verduras y carne que su padre ha tenido al calor de las brasas durante toda la mañana. Por supuesto no cobra, ni lo hará en muchos años. Sólo obtendrá unos pocos dirhams cuando sea más mayor y se case. Mientras tanto ayuda a su familia. Su padre está muy orgulloso por poder enseñarle un oficio " es lo más valioso que puedo ofrecerles a mis diez hijos, yo no puedo pagar unos estudios en una universidad pero les doy la posibilidad de aprender un oficio que será para ellos una forma honrada de ganar dinero ". Alí y sus hermanos forman parte de ese porcentaje (según las estadísticas gubernamentales cada vez más reducido) de niños marroquíes por escolarizar. Aún así Alí tiene un futuro prometedor. Su oficio le asegura comida y techo y eso es mucho para un grupo de niñas pastoras en las áridas tierras del desierto.

Fátima junto con dos de sus hermanas y unas amigas se levantan cada día al amanecer para ayudar en casa a hacer el pan, ordeñar las cabras y sacar el rebaño a pasear, porque poco pasto hay en el desierto. Aún así van a la escuela con bastante regularidad (un chamizo de adobe y paja con una pizarra y unos pocos pupitres). Están acostumbradas a pasar calamidades desde que tienen uso de razón. Pocos son los turistas que cruzan esta zona de Marruecos y los que pasan por allí no paran. Así que Fátima y sus amigas se lanzan en picado a la pequeña senda que hace las veces de carretera cuando nos ven frenar en seco: ¡Stilo, stilo! Gritan como locas y cuando nos acercamos comprobamos que las pequeñas tienen mucha hambre y frío. El desierto puede ser un infierno en verano pero en invierno el las bajas temperaturas también te puede matar.

Les ofrecemos un poco de pan que llevamos en el coche y nos lo quitan de las manos desesperadas, nos piden nuestra ropa, zapatillas, cualquier cosa es buena para aquellas niñas cuyo único futuro es conseguir un buen marido que, por supuesto, ellas nunca elegirán. Nuestras jóvenes amigas son muy pobres y además su sexo las condena todavía más a una vida de marginación. Viendo a estas niñas me viene a la cabeza mi joven amigo Alí, "¡qué afortunado! pienso y, mientras, me encanta imaginar que Fátima y sus amigas algún día tienen suerte y pueden marcharse a la ciudad y conocer otra vida mejor. Aunque mucho me temo que su realidad futura no será mucho más halagüeña que la actual. Me lamento de no haber llevado tantos y tantos bolis, rotuladores, libretas, ropa, juguetes....que tengo en casa. Me arrepiento de tanta pobreza, de tanta penuria, de tantos "menuts en el món" que no tienen nada más que su sonrisa. Nos alejamos de las niñas por aquella carretera que cruza el desierto mientras nos siguen corriendo mientras nos lanzan besos y nos bendicen deseándonos lo mejor a grito de "¡ Baraka, baraka !. Nosotros nos alejamos en silencio pensando en lo caprichosa que es la suerte y nuestras vidas y devolviéndoles los deseos de baraka .

 

Texto y fotos: Belén Carratalá

Contacta | Resolución Mínima 1024*768 | ©2005 nowarsoft.com - hará webs...